Refutaciones Internas: “A veces pienso en mi vida”
Pienso en mi vida
usualmente, en los aspectos que la hacen “mi vida”. La cotidiana soledad en la
que contemplo esta ciudad. Pienso en la gente que conozco, en mis compañeros de
la universidad, en los viejos jóvenes, en los perdidos y en los
desesperanzados. Veo mi vida pasar y me observo en el espejo cada mañana a las
siete en punto con una sonrisa. Aunque a veces mi rostro encarna una expresión
que desconozco, y que me desconoce.
Mi reflejo no es Kelvin
ni Robby, es la de un autómata. Un hombre frío e insensible, me pregunto: ¿cómo
llegué a esto? ¿qué ocurrió? ¿Cuándo empecé a dejar de sentir la vida? ¿desde
cuándo me siento muerto en vida? ¿por
qué me siento adormecido todo el tiempo? ¿por qué a veces siento que no soy yo
el que vive mi vida?
Todas las noches a las
veintiún horas camino a mi restaurante favorito en San Jerónimo, si el día me sienta
pesado pido un caldo criollo de siete soles, por el contrario, si me siento de
buen humor me doy la libertad de decidir por algo más delicioso.
Mi casera me saluda, me
siento en mi lugar preferido: alejado del televisor y de la puerta de entrada. Espero
entre cinco y siete minutos para que me llegue el pedido, todo me parece
cotidiano, todo tiene el mismo sabor.
Nunca me gustó la
escuela, tampoco el colegio y menos la universidad. Nunca las abandonaría en su
momento, es casi imposible dejar la universidad sin antes enfrentarse a uno
mismo.
Recuerdo que en la
escuela me esforzaba por encontrar cualquier excusa para no asistir a clases, en
ocasiones funcionaba, así en ciertos días una simple gripe me otorgaba el día
completo para jugar en la azotea de mi casa.
En el colegio, por otro lado,
mis artimañas fueron más elaboradas. Para tener un poco de tiempo para mí,
recuerdo que en el internado en los días de ansiedad y estrés observaba la
biblioteca desde las ventanas de mi salón para percatarme si estaba abierta,
después pedía permiso para ir a los servicios higiénicos y ya no regresaba a
clase. Me gustaba quedarme en la biblioteca a conversar con el encargado o leer
toda la mañana. Ahora en la universidad, ocasionalmente en los días donde no
tolero la mediocridad y la hipocresía, por cuidar mi salud mental, no asisto a las
primeras clases.
Suelo preguntarme si cuando termine
la carrera universitaria y empiece a trabajar en alguna institución o empresa
podré seguir con mis malas costumbres.
En la universidad soy
Robby, afuera son Kelvin y en mi casa soy un chimpancé que admira desde su
ventana, en el cuarto piso de un edificio, el atardecer. Mientras me rasco la
cabeza e intento no ser Robby ni Kelvin, pienso en mi vida y como me aburre. El
chimpancé sobrevive a sí mismo, mientras que Kelvin Robby se ha convencido de
que vive civilizadamente.
Todo parece haber perdido
su encanto, nada parece ser suficiente estímulo para hacerme sentir vivo. La
cotidiana eternidad de la vida no puede ser el aburrimiento o el adormecimiento
de mi consciencia. Debe de existir algo más allá de la universidad, más allá de
la familia y los amigos que me vuelva a hacer sonreír, que me devuelva la esperanza
y la convicción en mis sueños.
Pero ¿y si no hay algo
así? ¿Qué será de mí o de nosotros si ya no existen momentos de magia y
fantasía en el mundo? ¿Cómo podremos soñar despiertos y sobre todo cómo
podremos mirar a los nuestros y decirles que toda irá mejor o que aquello o
esto se solucionará? ¿Cómo poder tener esperanza en una sociedad donde todo
parece predecir la llegada de un mundo decadente, frío, indiferente y banal?
La respuesta es fácil, y
a su vez profunda. ¿Cómo vamos a mantener nuestra esperanza, nuestros sueños?
La filosofía no da esperanza ni mucho menos consuela, pero la pedagogía sí.
El hombre libre y feliz
será el que supere la vida del autómata, la del mediocre y la del hipócrita, la
del universitario. El hombre feliz podría ser aquel que grita: ¡Nadie se mete con
mi educación! No será ni Kelvin, ni Robby, no mostrará más estúpidas máscaras a
regañadientes, ni mucho menos sobrevivirá en un destino monótono y
desencantado. El mundo le parecerá nuevo cada día, y la vida que vivirá será la
verdadera. Con sus errores y sus aciertos, como también con sus posibilidades y
su incertidumbre. El hombre feliz y libre entonces, no será feliz ni libre
nunca, porque estará despierto y consciente.
Dentro de cada verdad
descubrirá una mentira, y dentro de cada acto bondadoso observará narcisismo y
pedantería. Será esclavo de sus ideales y principios, como será infeliz porque
descubrirá que en la melancolía y en la tristeza se toma mejor un café
caliente, y en donde se lee mejor a Orwell y a Borges.



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